MIS VOCACIONES INFANTILES
(A modo de currículum)
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Creo
que podría justificar mi escultura como la suma de todas
mis vocaciones infantiles.
La obra de un escultor es su taller. Lo había
comprendido desde que en 1965 visité la primitiva reconstrucción
del taller de Brancusi en París. Y también convencido
de que la figura es el más breve e intenso texto para atrapar
el tiempo las he inventado con el fin de autoconstruirme, pues
entiendo sus cuerpos como un sudario de mis ideas e intuiciones.
El primer espacio que las acoge es mi pequeño estudio,
que se convierte en teatro unas veces trágico, otras cómico
o incluso indiferente. Pero trabajar rodeado de mis figuras termina
por crearme el complejo de Pigmalión, que lo reconduzco
convirtiéndome en fotógrafo "voyeur" de
las actividades de mis personajes. Altares paganos, escenografías
para relatos sin historia , batallas de derrotados o teatros con
títeres sin cabeza, son algunas de las instantáneas
de un archivo fotográfico, que desde hace más de
25 años realizo como un diario. Sin embargo, no olvido
que el "hueso" de la estatua es el que ha construido
la historia de la escultura, dejando en el olvido el rito de su
instalación.
Pero esta autoexplicación tiene una prehistoria:
Nací en Las Palmas, y ocho años más tarde
ya quería ser escultor; aunque también quise ser
obispo, director de cine, titiritero, cirujano e incluso arquitecto.
Y ahora me doy cuenta que lo único que me interesaba de
todas esas profesiones era lo que tenían de escultor. Todas
las interpretaba como si un escultor hasta la médula se
hubiera puesto a ejercer cada una de ellas.
Probablemente lo de escultor sea una herencia genética,
o siendo ingenuo quizás solo fuera predestinación
pues mi casa natal estaba en la confluencia de la calle Berruguete
con la del Greco. Esa precocidad la reforzó mi madre enviándome
a estudiar con un escultor local los principios técnicos
del oficio. Pero también sus incentivos fueron decisivos,
y nunca olvido mi primera figura de parafina en la vitrina de
sus tesoros afectivos.
Por razones que nunca supe pero que ahora agradezco, después
de solo un año en el parvulario de los jesuitas me trasladaron
a un singular colegio mixto, atípico y no religioso. En
esa etapa arraigaron dos de las características que mejor
pueden definirme: una infinita paciencia y una inclinación
por un cierto sentido del riesgo y el límite.
Y sin embargo, la primera vocación infantil que recuerdo
era la de ser obispo. Hoy visto lo visto no puedo menos que avergonzarme,
pero me exime la razón por la que entonces lo pretendía,
pues quería vivir en el Vaticano.
Pero mientras tanto me apasionaba construir altares y rodear con
el mayor rito posible "los santos" que yo mismo modelaba
o tallaba. Me fascinaban las flores, sus colores y olores, que
acompañaba con el de las velas o muy extraordinariamente
con el incienso. Pero la culminación era en Semana Santa,
y dentro de ella el Viernes Santo, con el misterio de las estatuas
cubiertas. La caída del velo púrpura lo reproducía
una y otra vez con toda la teatralidad del mundo.
Después llegaron "Los Diez Mandamientos",
y De Mille me enseñó un espectáculo cuya
fascinación me hizo abjurar de mi religión para
abrazar la del cine. Y con mi hermano Fernando, construía
ciudades históricas y colosos en miniatura para destruirlos
con catástrofes que simulábamos filmar. También
hacíamos bandas dibujadas que alimentaban un pequeño
proyector. Del director de cine me ha quedado mi interés
por la fotografía, que hace convivir mis dudas en el taller
con una Mamilla, una Zeis, y otras cámaras. Allí
están expectantes al día en que el azar disponga
un teatro de relaciones que inducen unos días de reflexión
fotográfica. Pero quizás también del director
de cine extraiga la fe que me hace fabricar las estatuas en la
mente, montando la obra final con los fragmentos que están
diseminados por todo el taller.
Del titiritero y del cirujano me ha quedado
un método heterodoxo para hacer mis figuras., pues siempre
construyo sus cuerpos trabajando sólo con la piel. Todo
es consecuencia de una manera particular de modelar, utilizando
el material en lámina (termoplástico o cera). Y
como el ventrílocuo, con una mano presionando desde el
interior de la figura, hago hablar a la fuerza de la anatomía;
y con la otra, hiero desde el exterior con la voluntad del cirujano
y el bisturí de mi propia historia. El titiritero llegó
con un inesperado regalo de Reyes, uno de esos que pueden hacer
cambiar tu vida descubriéndote un mundo que ni sospechabas.
Y con varios años de ilusión aprendí la vida
que proviene de una mano interior. Pero el cirujano llegaría
mucho más tarde, al borde de la decisión universitaria,
pues en aquel verano tuve la ocación de asistir a varias
operaciones en el quirófano de un hospital de beneficencia.
Aún hoy, revivo aquellas visiones a través de mi
obsesiva pasión de coleccionista de libros de anatomía.
La arquitectura llegó como un compromiso
entre mis intereses plásticos y mi decisión de no
violentar la autoridad familiar. Sin embargo reconozco que también
influyó aquella primera y disciplinada formación
infantil que me anticipó algo de lo que me hubieran ofrecido
los estudios de Bellas Artes. Recuerdo que en aquel taller nunca
se rebajaron para mí las exigencias, pues recibía
las mismas indicaciones y tareas que mis compañeros adultos.
No obstante, con el arquitecto he reforzado la voluntad del escultor
para ser específico; distanciandome de las opciones de
otros escultores que asumen la responsabilidad de pronosticar
arquitectura. Quizás esto supone un parangón que
mi inconsciente ha resuelto en favor de la escultura. A ello me
impulsa el convencimiento de reconocer en la escultura su inmensamente
económica capacidad comfiguradora. Me fascina ver repartir
en el espacio tanta energía brotando de un núcleo
tan pequeño de materia, frente al derroche de medios que
la arquitectura ha de realizar para ordenar el mismo espacio.
Pero mi personalidad, algo esquizoide, resolvió desde mi
tesis doctoral un cierto acuerdo entre esas dos formaciones. Y
con el título de "La escultura como elemento de composición
en el edificio", estudié el diálogo histórico
que ha hecho de la escultura en el edificio un concierto de dos
voluntades, la del escultor y el arquitecto. La puesta en práctica
de estas conclusiones han sido posibles a través de mis
colaboraciones con Oscar Tusquets.
En definitiva, con este puzle de intereses que he relatado, solo
he logrado construir contradicciones y dudas, y lo que sigo conservando
es la curiosidad infantil que sostenía mis búsquedas
y enredos, pero que no quiere repetir ninguna de las lecciones
aprendidas.
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